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02 mayo 2013

SANTO JOB

Del aeropuerto a casa, el taxista llevaba la radio encendida, tan encendida como el sonido de miles y miles de gargantas gritando ¡Si se puede! ¡Si se puede!, una, otra, y otra vez. Roncos.
Imaginé, que a punto de saltarles las lágrimas de tanta rabia contenida. Calculé que se había colmado el vaso. Creí que se presentaba un 1 de Mayo distinto. 
Fueron décimas de segundo, porque de inmediato, continuaban los gritos en segundo plano, escuche la palabra “remontada”, caldeo pre-partido, y la evocación al espíritu de un jugador de fútbol que tuvo fama de ser bastante marrullero, y al Cid, y a Guzmán el Bueno, a Colón, Cortés y Pizarro, al Alcazar de Toledo y a las páginas amarillas. 
Cosas del fútbol, del fútbol como enorme capa de niebla para desviar la atención, trampantojos mentales.
“Estos tampoco podrán”, me dijo el taxista. Acertó. Y aunque no debería decirlo, luego me alegré del acierto. Y aun más, me alegré de no haber sufrido, por ausencia, los cantos de apelación a la épica, a la heroica, martirio al que parece ser, fue sometida latosamente la España periférica, desde la “objetividad” de los medios de la Meseta carpetovetónica. Paciencia.
Paciencia, como ha pedido Rajoy a una parte de la población española, la que sufre el hacha y la poda, ante el presente y el incierto futuro. Incierto, porque ni se sabe ni se contesta. Llamada al santo Job, el santo de la paciencia, por cierto no se olviden de felicitar el próximo viernes a todos los pacientes resignados, es el día de su santo patrón.
Mentando a Job, recuerdo que nos contaron, que Rajoy hace horas extraordinarias, ojo que no hablo de sobresueldos, estudiando, a marchas forzadas, el idioma inglés.
Y aquí es cuando me pregunto si lo de Rajoy ha sido una declaración o una plegaria, porque como saben, “job” en inglés significa trabajo, quizás alguno de esos canales multiplexores que tenemos en el cerebro le ha llevado, al aun jefe de gobierno, Ansar está al acecho, a saltar del español al inglés y donde pidió paciencia, ante los seis millones de parados y las cero soluciones, quería decir trabajo, sencillamente trabajo, que no es poco, en la España del 2013.
Llegamos a casa.

Fernando Martínez Castellano

2 Mayo 2013

15 diciembre 2012

LA BICHA Y LAS BICIS


Hacía tiempo que no nos veíamos. En la mañana del jueves, nos cruzamos en medio de uno de esos inacabables pasos de peatones del manifestodromo de Valencia, calle conocida anteriormente con el nombre de Xátiva. 
Mi amigo va de “don ocupado” siempre fue, y sigue, con prisas. Como saludo me hizo una pregunta “¿No crees que tantas y tantas veces se ha llegado a cuestionar, incluso desde los medios más de derechas, que la calle no hervía con la misma intensidad con la que subían las cifras de paro? Nombramos tanto a “la bicha”, que “la bicha” ya ha despertado y nos van a hacer falta muchos encantadores y muchas condiciones positivas para reducirla”. Siguió hacia el otro lado. Luego, desde enfrente me hizo gestos de que me telefonearía.

Allí estaba yo, plantado al pié de la Plaza de Toros, con la duda, por el chirimiri, de abrir el paraguas, repasando lo que, en unos segundos, me había soltado mi amigo.

Efectivamente, hemos temido, ya desde hace meses, que en medio de manifestaciones reivindicativas, formadas por ciudadanos que, de manera pacífica, mostraban su rechazo a tantos recortes incomprensibles como se están produciendo, a tanto choriceo que ha asolado a este bendito País, a tanta desvergüenza que ha sido la causa de que le rasquen y aun más le rascarán el bolsillo por culpa de unos incompetentes de derechas o disfrazados de “izquierdosos de toda la vida” que cuando salieron de la guardería se subieron al coche oficial y no hay manera de apearlos, indignados al darse cuenta de que han sido y serán, marionetas suspendidas de unos hilos que vete a saber quien maneja, espantados por saberse engañados, anegados de incertidumbre, con todo, temíamos que bárbaros, emboscados, camuflados en la multitud, descargasen su rabia contra todo y contra todos, e hiciesen que su extrema violencia, descalificara el justo clamor popular.

Salí de mis pensamientos, cuando un par de sujetos a lomos de otras tantas bicicletas-tanque de esas que se alquilan por cuatro perras, haciendo eses en plena acera sembraron el pánico entre los confiados peatones. Pero aquí y ahora las bicis, los ciclistas, son como los políticos, intocables.
17 Noviembre 2012

30 septiembre 2012

LAS BUENAS INTENCIONES


“Nos jugamos demasiado como para quedarnos en casa” Fue el lema del Partido Demócrata de los USA en la campaña que enfrentaba a su candidato Lyndon B. Johnson con el republicano Barry Goldwater, allá por el año 1964. Se trataba de evitar la abstención y frenar las locuras belicistas de Goldwater que pretendía arrojar, como confetis, bombas atómicas, como solución, en todos los puntos de fricción, incluido Vietnam, en los que los Estados Unidos estaban metidos. Johnson, obtuvo un gran respaldo de los electores y quizás en los años de su presidencia se alcanzaron cotas sociales, la más importante la integración racial, como no se habían conseguido hasta entonces. De fronteras, de los USA hacia adentro, fue un gran presidente, en cuanto al exterior fue un autentico desastre para todos.

Por aquí, en los sesenta, nos enterábamos más de lo que sucedía en Alabama que en Cataluña, sabíamos más de las revueltas de los estudiantes de Arkansas, que de las huelgas de los mineros en Asturias. En la dictadura, en España “no sucedía nada”, mientras que en el extranjero todo era confusión.

Recordé todo esto al ver y escuchar una entrevista a Mayor Zaragoza. El ex Director General de la UNESCO, como es inevitable en estos momentos, habló de la crisis, y como es natural, propuso fórmulas para que cada uno de nosotros haga algo más de lo que está haciendo. Y expuso el ejemplo de Rosa Parks y en la primera línea de mi memoria colocó todos aquellos graves acontecimientos de los USA que a falta del pan de noticias de aquí, comentábamos  Rafa, Carlos y yo.

Me acordé, que en alguna carpeta tenía anotada la poliédrica frase de los demócratas, “Nos jugamos demasiado como para quedarnos en casa”. Quedarse en casa, como igual a estar a ver que pasa, a esperar que otros nos saquen las castañas del horno. Ni fatigas, ni agobios, ni leches. Hay que apretar puños y dientes y salir de esta.  

Al día siguiente, caminando por el Viejo Cauce, fui a parar a los pies del Ágora. Miré la inútil mole azul, comencé a hacerme preguntas, sobre recortes, ruina, despidos, paro y despilfarros, ¿para esto? y a punto estuvo de rompérseme el baúl de las buenas intenciones.

Fernando Martínez Castellano
20 Septiembre 2012
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